Lo recuerdo como si fuese ayer. Cuando me acababa de graduar de la universidad pedí a mi padre un par de meses de gracia, sin buscar trabajo, para adelgazar. Aún no sé muy bien lo que pensaba o esperada. No sé si quería pretender borrar mi pasado de “gordita” y empezar mi vida laboral haciendo borrón y cuenta nueva o si creía que sería más fácil encontrar trabajo estando delgada (como si eso tuviera un impacto directo en mi coeficiente intelectual…). Ahora, más de 10 años después, entiendo que puse mi vida en pausa por no tener el cuerpo perfecto, por no aceptarme tal cual soy, por el miedo que tenía a mostrarme al mundo.

Este es sólo un ejemplo de muchas ocasiones en las que puse mi vida en pausa por no tener el cuerpo que quería: dejar ir a fiestas porque no encontraba nada para ponerme que se me viera bien, no disfrutar de un día de verano en la piscina o en la playa porque no quería que me vieran en traje de baño, no salir a divertirme con mis amigas porque si lo hacía rompería la dieta y nunca conseguiría mi sueño, no atreverme a ligar por el miedo a ser rechazada, no ir a un evento que me apetecía mucho para no tener que interactuar con miles de desconocidos. La lista es interminable.

En esos momentos, en los que me sentía triste, defraudada, insegura, sin esperanza y asustada me preguntaba siempre por qué no podía controlar la forma en la que comía y era la comida la que me controlaba a mí, por qué siempre tenía que luchar para comer la comida correcta y aún así no bajaba de peso, por qué no podía lograr mi sueño de ser delgada y feliz. Sentía que nada en mi vida tenía sentido y que nada me llenaba (ni siquiera la comida, podía comer y comer sin sentirme verdaderamente satisfecha)… Y todo era culpa de mi cuerpo. Si tan sólo dejara de traicionarme y me diera lo que tanto quería podríamos ser amigos, podría comenzar a quererlo y podríamos lograr muchas cosas juntos. Pero no, él se resistía y con cada dieta que hacía me mostraba más y más su resistencia a cooperar con mi felicidad.

Fantaseaba con tener un trabajo increíble en el que todo mundo me adoraba, un grupo de amigas (todas talla 4 y con un cutis y pelo perfecto) con las que salir a pasear y que todo mundo volteara a nuestro paso para admirarnos, un armario increíble lleno de ropa que me sentara de maravilla, un novio guapo súper enamorado de mí. Al mismo tiempo, cuando veía a una chica que parecía tener todo aquello que yo quería y no tenía la tachaba de tonta, superficial y vacía. Supongo que era mi recurso de mantenerme a flote, de no derrumbarme por completo.

La forma de lograr todo aquello parecía sencillo: simplemente debía reducir las calorías que comía, tomar 2 litros de agua al día e ir al gimnasio al menos 6 veces por semana. Los kilos comenzarían a desaparecer y mi vida sería completamente diferente. Todo aquello con lo que había fantaseado estaba a la distancia de una dieta. ¿Qué tan difícil podría resultar? Aparentemente me resultaba imposible ya que llevaba ya años intentándolo y no lo había conseguido. Bajar de peso y las dietas era todo en lo que podía pensar, estos pensamientos ocupaban el 80% de mi tiempo y energía y estaba comenzando a estar muy agotada. Sin embargo, no era capaz de soltar esa idea de que, si adelgazaba, mi vida mejoraría por completo.

Y luego, un día, todo cambió. Me cansé. Dejé de luchar, dejé de intentar, solté las dietas y la obsesión de controlar lo que comía. Decidí seguir un plan diferente, un plan que no incluyera restricciones, fuerza de voluntad, etiquetas o castigos. Las nuevas reglas del juego serían libertad, placer, crecimiento espiritual, confianza y amor propio por sobre todas las cosas.

Mi vida comenzó a llenarse poco a poco de experiencias y emociones, así que ya no necesitaba recurrir a la comida para sentirme llena. Decidí divertirme más, relajarme más y controlar menos, y me di cuenta, que sin esfuerzo alguno, había dejado de comerme bolsas enteras de patatas fritas mientras daba vueltas en círculos a la manzana de mi casa. Conforme llenaba mi vida de diversión y paz ya no necesitaba la comida para entretenerme y sentirme satisfecha.

Esta forma distinta de ver y relacionarme con mi cuerpo y con la comida me liberó de la obsesión por el cuerpo perfecto en la que había vivido por tantos años y como consecuencia, me ha llevado a perder peso de una forma lenta y constante. Ahora enfoco mi energía en crear la vida que quiero y no en tener el cuerpo que creía que necesitaba para tener la vida que quería.

La lección más grande que he aprendido: no tienes que poner en pausa tu vida por no tener el cuerpo que quieres, y tampoco es necesario seguir dietas estrictas para alcanzar tu peso ideal. Simplemente tienes que aprender a amar y aceptar tu cuerpo tal cual es, cuidarlo, respetarlo y honrar sus procesos naturales de pérdida y ganancia de peso. Vivir y crear la vida que quieres y que te mereces, independientemente de la talla de tu pantalón, te llevará a tener tu cuerpo perfecto para el momento que vives y tus circunstancias particulares
Con amor,

 

Firma Isa Blanco

 

 

imagen: Shutterstock